
En Cien Años de Soledad, del inmortal Gabo, uno de los José Arcadio es educado desde niño para ser Papa y hasta es enviado a Roma para tal fin, pero él prefiere la vida disoluta y vuelve a Macondo. Al igual que ese personaje de ficción, los hermanos Ollanta y Antauro Humala fueron educados para ser presidentes de la República según declaraciones del padre de ambos, Isaac Humala, quien creó la doctrina y el movimiento Etnocacerista para tal fin. Envió a sus hijos al ejército porque, también según Isaac, los militares se hallan más cerca del poder.
El primer intento insurreccional protagonizado por Ollanta y Antauro fue en Locumba el año 2000, pedían la renuncia de Fujimori y denunciaron la corrupción en el alto mando militar. Al final se rindieron y fueron amnistiados. En 2005, cuando Ollanta se encontraba como agregado militar en la embajada peruana de Corea del Sur, Antauro Impulsó otro movimiento insurreccional, esta vez contra el presidente Toledo, en la localidad de Andahuaylas, con el trágico resultado de 4 policías muertos. Antauro fue preso durante 17 años.
A diferencia de Ollanta que dejó el etnocacerismo cuando fue elegido presidente en 2016, la cárcel radicalizó a Antauro que mantiene los postulados de la primacía de la raza cobriza, la pena de muerte para los corruptos, la nacionalización de recursos naturales; imprimiendo una escala radical que llega hasta la imposición religiosa. El pase a segunda Vuelta de Roberto Sánchez ha puesto la mira en este aliado díscolo, como un punto vulnerable a la candidatura de Juntos por el Perú.
Sin embargo, Antauro no es el único militar alborotado. Hay otros que los medios de comunicación concentrados tratan con guantes de seda, aunque sus propuestas totalitarias sean gravemente dañinas para el país. Estos son liderados por el General en retiro Roger Zevallos Rodríguez, ex comando Chavín de Huantar, quien propone un golpe de estado para cerrar el paso a “ciertas candidaturas”. Propone que el ejército, con él como presidente, tome el poder de manera “transitoria” hasta convocar a nuevas elecciones. A esa propuesta descocada la llama incongruentemente “golpe de estado democrático”
Esa posición insurreccional es del agrado de personajes como Fernando Rospigliosi, presidente del congreso para quien no es malo tocar las puertas del ejército. Cuando Pedro Castillo era presidente, Rospigliosi, en columnas que escribía para el periódico digital Lampadia clamaba por una “salida radical” en contra del gobierno. Si no mencionaba abiertamente “golpe de estado” fue porque la apología insurreccional es delito, aunque al general que ahora la pregona ni lo investigan ni lo censuran.
Dentro de la civilidad también hay otros, como Miky Torres, quien declaró abiertamente que los fujimoristas junto con sectores de la prensa, el ejército y otros, conspiraron para sacar a Pedro Castillo del gobierno. Y ante la declarada sedición, no pasa nada. Es que el sistema político controlado por la derecha, tiene varas diferentes para medir posiciones similares de acuerdo a quién las manifiesta. A los enemigos políticos hay que insultarlos, loquearlos, terruquearlos, pero a los amigos que tienen posiciones similares hay que pasarlos por alto. Esas posiciones golpistas y radicales no le hacen ningún bien al país, hay que censurarlas cualquiera sea su origen.


