
El país se encuentra profundamente dividido. Por un lado, están quienes sostienen que nos encontramos bien, que dentro de poco estaremos tocando las puertas del primer mundo, que si no fuera por el modelo económico implementado en los años 90 estaríamos peor.
En el otro extremo se encuentran quienes no fueron beneficiados por el modelo económico ni por los gobiernos que lo implementaron, aquellos que el neoliberalismo ha marginado a la pobreza o pobreza extrema al no otorgarles las oportunidades educativas, de salud, saneamiento, infraestructura adecuada, carreteras decentes que permitan la conectividad que lleva el intercambio comercial y social.
La fractura económica deriva en la división social y cada cual ve desde su propia óptica, desde su comodidad o carencia; hay poco esfuerzo para comprender a los de la otra orilla. Y cuando los que no son beneficiados se movilizan para que los escuchen, les disparan desde el poder.
La división no es por ideologías, no se trata de derechas, izquierdas ni centros, se da porque no hemos sido capaces de lograr un país homogéneo dentro de la diversidad, un país inclusivo con oportunidades similares para todos. Hay división porque la pobreza por un lado y la riqueza por otro, son redundantes y hereditarias, estamos divididos porque existe una clase política incapaz del diálogo que ponga por delante las necesidades y potencialidades de desarrollo que tenemos, estamos divididos porque persiste el racismo acomplejado, el desprecio por la territorialidad ajena, por el color cobrizo de la piel de otro peruano y hasta por la forma de vestir de las personas. La mayor parte de esas taras se derivan de las diferencias económicas y la mentalidad heredada desde la colonia.
Cuando se revisa el Índice de Competitividad Regional que publica anualmente el Instituto Peruano de Economía, se observa que diez regiones del país se encuentran por encima del promedio nacional mientras 15 están por debajo del promedio. La mayoría de los que se encuentran por debajo son de sierra y selva. La acepción es que a menor competitividad existe mayor pobreza y la competitividad es una responsabilidad del gobierno.
Cuando la periodista Mónica Delta dice que “la población más pobre no tiene mucho que perder porque no tiene nada”, hurga en una herida lacerante del país y muestra la visión segmentada que tienen las élites. Si los pobres tienen poco o tienen nada, es por la discriminación ancestral que margina a gran parte de la población. El resultado es la fragmentación que ahora vemos.
Es necesaria la reconciliación, sanar heridas, curar fracturas y ver el Perú como un todo. Para ello se requiere del diálogo, un diálogo nacional que ponga sobre el quirófano al país: qué se ha hecho mal durante estos años para corregirlo, analizar las potencialidades de desarrollo y generar una nueva visión a corto, mediano y largo plazo. Quien gane estas elecciones debe estirar la mano a quien quede en segundo lugar y a las otras fuerzas políticas, para trabajar unidos en una agenda Perú. La confrontación debe terminar.


